










La batalla contra los franceses
En 1808, la lucha contra los franceses empezó casi como una chispa espontánea y se convirtió en una guerra que cambió la historia de España. Napoleón había aprovechado la crisis de la monarquía española para colocar a su hermano José Bonaparte en el trono, lo que muchos españoles vieron como una humillación y una ocupación extranjera. Lo que al principio parecía un simple movimiento político terminó despertando un rechazo profundo en amplias capas de la población.
El 2 de mayo de 1808 en Madrid suele presentarse como el estallido simbólico de esa resistencia. Cuando las tropas francesas intentaron llevarse a miembros de la familia real que aún quedaban en la ciudad, el pueblo madrileño reaccionó con una revuelta espontánea: artesanos, vecinos y soldados se enfrentaron en las calles, mal armados, contra un ejército profesional. La represión fue brutal, con fusilamientos al día siguiente, pero el mensaje ya había corrido por toda la península: España estaba dispuesta a levantarse contra Napoleón.
A partir de ahí, la lucha se extendió en forma de guerra de independencia. No fue solo una guerra de grandes batallas, sino también de guerrillas: grupos pequeños que atacaban convoyes, hostigaban a las tropas francesas y se apoyaban en el conocimiento del terreno y en la población local. Al mismo tiempo, en ciudades y regiones se formaron juntas que afirmaban gobernar en nombre del rey legítimo, negando la autoridad del rey impuesto por Napoleón.
En el plano militar, hubo enfrentamientos de todo tipo: derrotas durísimas, pero también victorias que devolvían la moral, como algunas batallas en las que ejércitos españoles, a veces apoyados por británicos y portugueses, lograron frenar a las fuerzas francesas. La guerra fue larga, desgastante y muy dura para la población civil, con saqueos, hambrunas y destrucción, pero también forjó una sensación de resistencia colectiva frente a un invasor muy poderoso.
Aquella guerra contra los franceses no solo expulsó finalmente a las tropas de Napoleón de la península, sino que dejó una huella profunda en la identidad española. Durante esos años se mezclaron patriotismo, odio al invasor, deseos de cambio político y el nacimiento de ideas nuevas, como las que cristalizarían en las Cortes de Cádiz y en la Constitución de 1812. Por eso, cuando se habla de 1808, no se piensa solo en una batalla, sino en el inicio de una guerra de independencia que marcó el paso del Antiguo Régimen a un tiempo nuevo, lleno de conflictos, pero también de aspiraciones a libertad y soberanía nacional.